Me tienes calado. Versión libre.

Él corría, nunca le enseñaron a andar, y se bebía los años y los días, quemando la calle, esperando y buscando que el día siguiente trajera sólo un poco de cordura. Qué difícil parecía todo, ¿verdad? Qué calor hacía esos días en los que una mariquita se colaba en el equipaje de licor café, cuando ese “frente al mundo” y ese “a pesar de todo” empezó a ser compartido. Se fue tras luces pálidas que le recordaban tanto y tan bueno y, de pronto, -dicen que era septiembre-, en un hotel sin dramas, en un lugar sin miedos y sin juicios, se dio cuenta de que ya no quemaba, ya no esperaba, ya no buscaba. Sólo vivía. Como antes, donde siempre.

(Marco negro. Ella morena, guapísima,a la izquierda. Él, afeitado y pelopicopollo, a la derecha. Primer plano de los dos. Parecen jovencísimos. La misma mirada.)

Ella huía de espejismos y nunca dormía, a sólo una canción, -cantada a todo pulmón-, quizá dos si es martes, quizá seis si es sábado. Trabajaba para construir una emoción perfecta que siempre se le resistía. Nunca era demasiado lejos, nunca era demasiado intenso en un mundo era música, sueño y vida. Era fuerza, era sol, espiga y deseo. Un miracómopasa. Un huracán, un abismo. Donde siempre. Y al fin, ella, el sitio de mi recreo. Y como dice el cuento, un buen día se fueron juntos a pasar mil horas de mar soñando con ir más allá de donde el mar rompía, lejos de donde otros no entendían. Se quedaron en aquel lugar para siempre.

(Marco blanco. Hace sol –claro-. Una mano pequeña, morena. Gotas de agua. Una mano blanquita, empapada. Unas pulseras, parece ser. No, no. Sólo dos manos, juntas.)

Aeropuertos y, a mi lado, hombro con hombro, ella escribe sólo un poquito, antes de dormir. Buenas noches, en un hotel cinco estrellas, viendo aviones despegar más allá. Esa noche imaginaron no volver jamás y él se quedó tranquilo, respirando lentamente entre maletas verdes. Al fin y al cabo ella descansaba a su lado. Donde siempre.

(Sin marco. En blanco y negro. Todo se mueve. A la izquierda, una ciudad lleva sus nombres. Ella aprende de nuevo, sólo necesitaba un empujón. Quizá unos ruedines. Él, por fin, se ríe a carcajadas).

Lo que pasó entonces no está muy claro… Aquí la historia se pierde según quien la cuente. A veces, hay quien piensa que fue lo mejor que pudo pasarles. Dicen que no hay mal que por bien no venga. En fin, dicen y dicen tantas cosas. El resto nunca me ha importado, esa es la verdad. Un refugio, un recuerdo, un dóndetehabíasmetido. Unos vienen y otros se van y cada herida, cada despedida se curaba antes a su lado. Donde siempre.

Con un todo y poco a poco, se quedaron igual que Alicia, sin ciudad. Y la llenaron de tanta vida que podías pasear por ella y, en sólo un minuto, volar de Sicilia a Oporto. Podías comprar unas patatas y perder cuatro trenes en un solo día o bailar encima de los coches antes de que volviesen a poner las aceras. Había toboganes, hamburguesas y cines locos. Y había un libro, un abrazo que no se gastaba, un quédate cerca.

(Es de noche. Hay mucha gente en una habitación que parece, no sé, de otro mundo. Él, pelo como el carbón. Ella sonríe. No se distingue muy bien a los demás.)

Todos duermen ya, así que, ¿por qué no pintamos un verano  infinito? Le dijo. -¿Crees en el destino? -Ya sabes que no.¿ Y por qué ese libro entre otros mil? Quizá creo en las casualidades. ¿Y por qué tú? ¿y por qué tú, ahora?

Dejarse llevar suena demasiado bien, desafinando losdíasraros,malditadulzuralatuya. Cántame la de la terracita en la plaza Mayor arrastrando las palabras y vente conmigo a hacer el imbécil en el agua. Esta noche te invito a una copa de ron, a una ronda entera hasta que me convenzas de que ese ay no es un suspiro.

(A la izquierda, de espaldas. Con la mirada fija. Algo especial les roba la mirada. Parece la luna. No puede ser una luna, es inmensa. De cualquier forma, están hipnotizados. A la derecha, ella en mitad del asfalto, él no puede dejar de mirarla. Parecen afortunados).

El valor para marcharse, sin miedo a llegar. Si no fuera por ella, él no se tendría en pie. Esta noche va a soñar y mañana a despertar en otro tiempo y en otra ciudad. Y dejarse llevar a su lado, volverá a sonar, como siempre, demasiado bien. Ese donde siempre, ese adonde regreso, esa paz. Claro que sí, hablo de mi hogar. Hablo de ti.

Y lo intento, todo el tiempo, que no haya un final. Será tu voz, será tu canción la enfermedad que bailará toda la ciudad.

Es tu decisión.

(Fundido a negro. Una estación repleta. El abrazo. Él echa a correr. Ella cose unas alas y se echa a volar, a toda prisa. La quiero a morir.)

(Nunca saber donde puedes terminar. O empezar)

[…continuará].

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Día 0.

Levántate ya, no seas vago. Te espera un café, bien oscuro. Tal vez, un día más, no te resulte difícil evadirte de estas cuatro paredes. No costará no disimular estar perdido y ausente en un mundo en el que, a tu alrededor, todos aparentan a la perfección saber hacia dónde se dirigen. Como autómatas, a veces, pero asidos al fin y al cabo, sin esa percepción de peligro, distancia, soledad, que te corroe el estómago. Tal vez sea el momento de reconocer que nada salió como esperabas y admitir que, no pocas veces, eso fue precisamente lo mejor que pudo pasarte.

Te soñaste eterno y juraría -vaya que sí- que el mundo pareció ponerse de acuerdo en hacerte morder el polvo una vez tras otra. En quitártelo todo, en hacer saltar por los aires tus cimientos de barro, tus yalosabía.

Después te creíste maldito, infectado por la misma melancolía malhadada de los jóvenes suicidas. Qué fácil parecía todo entonces, entre libros rasgados y noches hiperbólicas. Sin embargo, todos parecieron ponerse de acuerdo en lamer tus heridas y esperarte al final de las vías. Y, sin embargo, ella.

Finalmente, tal vez hayas comenzado a comprender que no existe el infierno y que lo infinito es un injusto derroche, un exceso embriagador. Probablemente, por fin sepas que ser humano es ser débil, cagarse de miedo, mirar a los ojos. Es aprender, pelear y vivir. Y, a menudo, es caminar como autómatas temerosos de la distancia, de la soledad y del peligro.

No lo olvides, hemos nacido para redimirnos cada día. De nuestros defectos, de nuestras inseguridades, de nuestros errores y excesos. Tenemos la suficiente poca memoria como para no convertirnos nunca en esclavos de lo que creemos que somos y la suficiente imaginación como para reinventar cada día ese reflejo imperfecto que nos devuelve el espejo.

Feliz loquequieras.

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18:00 – 08:44

Por qué tanto perderse, tanto buscarse… para encontrarse.  

Dicen que esa es la gracia de los saltos al vacío. El no pensar. Solamente poner un pie delante del otro, y después otro, y así hasta que los dedos acarician por igual la tierra conocida y dos o tres centímetros de infinito. Claro, ella aún no puede saberlo, pero el vacío no existe. Es de ese tipo de nombres que se inventan los creenquesaben, reunidos de a dos, cuando se hacen mayores y ya no imaginan nada. Sólo piensan, nunca sueñan, por eso bautizan con ángulos rectos y cajas grises todo aquello que no abarcan: el espacio, la nada… ese tipo de cosas. Me encierran los muros de todas partes- me susurró durante veintitantas semanas revueltas. Y yo cómo iba a saber a qué se refería, si he vivido pendiendo de su trenza desde que nacieron mis pupilas, si han transcurrido mil vidas y cien muertes a su lado, si nuestra enciclopedia de proyectos tiene tantos tachones y frases bonitas que parece de antes de que se inventasen las fresas… La escuchaba mientras pensaba cómo coño hará ese señor para rebozar tan bien las croquetas y su voz, plegada en arruguitas, sonaba a mujer como nunca antes. Ni siquiera sonó así cuando bramó sobre aquellas escaleras. Aquel día hubiese jurado que Medea los mató a todos. Por eso esos rizos tan suaves. No puedes seguir ignorando que el mundo sea otra cosa y volar como mariposas. Cómo habríamos sido si no nos hubiesen enseñado a temer el vacío. A mi ahijado le enseñaré a decir… yo qué sé, quizá le diga que debe lanzarse al lleno. Cualquier estupidez con tal de que herede el valor de su madre. Ella aprendió, amontonando muchos granos de arena –de la que hace daño, como la de Riazor-, que el vacío es cualquier cosa menos vacío. Es una libreta, un cofre, una cajita de latón pintado donde aguarda lo mejor y lo peor de nuestra piel, de nuestra médula y nuestros huesos. Si quieres miedo, tendrás miedo. Si quieres verde, tendrás verde. Si quieres risa, risa habrá. Cara o cruz. En definitiva, capaz o incapaz. Y saltar es casi como coger un tren, uno de estos trenes con locomotora que tardan catorce horas en llegar a su destino, tipo Orient Express. Es un acto de fe. De fe en lo que serás, lo que eres y lo que has sido. Es un acto de voluntad, de lo que quieres y de lo que no quieres ser. De certeza absoluta e inconcreciones fantasiosas, como las que tienen las niñas rubitas cuando les preguntan qué quieren ser de mayor. Y mientras está llena de caras de gente extranjera, conocida, desconocida… y vuelta a ser transparente. “Te reto” a mirarte al espejo y tratar de despedirte durante una temporada de un trozo de ti mismo. Verás que no se puede. Yo mismo, hace dos o tres horas, lo intenté con fuerza e incluso apreté los ojos, estreché los brazos, pero no me salía. Se fue caminando, tecleando a paso firme por la peatonal. Lo vi, lo juro. Pero sigue aquí, en esta pared, en este jersey, en este café. Hasta en esta guía alargada y llena (ves?, llena), de fotos de intuiciones y pálpitos frontales. Y con esta fe, esta voluntad, esta certeza… cómo podría estar triste. No insisto más. Sólo decirte que hay muchas personas que temen a algo más que al mismísimo vacío. Más incluso que a las muelas que nacen oblicuas. De hecho, algunos, con sólo mentarlo, se muerden con ansia las uñas de la mano entera. El futuro. Esa niebla enmarañada, pegajosa e inescrutable, como de peli de terror, llamada mañana, quépasará o ysinosalebien, según los dialectos. Otras, en cambio, se lanzan de cabeza. Y en esas estamos. Y oye, que nada tiene que ver lo que te estoy hablando con no tener miedos o con echar de menos, te lo digo bieeen clarito. Pero de momento, ayúdame con las maletas, que nos vamos de viaje. Quizá hasta empecemos una nueva vida.

No he encontrado la razón porque me duele el corazón, porque es tan fuerte que ahora toca vivirte en la distancia
y escribirte una canción.

Ella tiene el poder.

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Cien noches.

En cuanto te marches, voy a abrir las ventanas. De par en par. Entrará el aire fresco y plomizo de este junio tan septiembre, e inundará cada rincón para llevarse tu olor, tu sombra y tanta desmemoria. Cuando desaparezca tu cintura bajo cien capas de ropa y te pongas los zapatos de escapar muy lejos, te guiñaré el ojo derecho y te daré la espalda para hundirme bajo mi edredón descolorido hasta que haya desaparecido para siempre el arañazo que dejas en mi espalda.

No es tan malo, ¿verdad? Sin saberlo, te has librado de todo aquello que escondo bajo la alfombra. De mis días inaguantables sin inspiración, de mi proverbial sarcasmo, de las malas sorpresas que guardo detrás de una apariencia curtida y cuidada hasta el extremo para agradar, para persuadir, para mentir. Te aliviaré el incordio de, quizá algún día, contarte historias escandalosas y un presente decepcionante y de luchar contra una desidia crónica que te acabaría exasperando. Habrías odiado a un hombre sin más pasado que el de sus cicatrices y sus tatuajes.

Pero no soy un héroe, ni siquiera esta despedida está libre de egoísmo. Siendo sincero, no quiero, no me apetece conocer el veneno de tu lengua sin ese insoportable regusto a vodka barato y a nicotina, cualquier día de semana, tras una tarde de peli y charlas huecas. Nunca me acostumbraría a fingir que me gusta tu manera de pasar por la vida como una más, tu condena auto-impuesta de resignación, tus nulas ganas de luchar.  Habría odiado a una mujer sin más futuro que este fin de semana, tras la barra del mismo puto bar.

Nos queda el no pensar, la mente en blanco, la carita de tontos al encontrarnos tras mil noches buscándonos. Nuestra risa a carcajadas y el desconcierto de aquellos que nunca entendieron nada. Nos quedan cien noches con cien prórrogas.

Nos hemos cruzado sin rozarnos. Y tu maldito olor pegado a mi tripa, nunca me ha gustado. Pero, en cuanto salgas por la puerta, el viento que entra por mi ventana se lo llevará para siempre. Con todo lo demás.

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De suelo y de luna

Cuando se acaben los días de lluvia de ceniza, me sentaré a tu lado y te hablaré. Te hablaré durante horas, durante largos días, días que siempre serán azules y olerán a tierra fresca. Te hablaré aunque tú nunca me respondas, aunque inclines la cabeza un par de grados al sudeste con sutil complacencia. Te contaré acerca de mi enfermiza obsesión con la luna llena y cómo, cada veintiocho días, aúlla en el balcón mi encorvada silueta de papel negro y rasgado. Verla tan cerca, tan melancolía, me pone nervioso, me vuelve inquieto, me excita.

Esta puta luna es siempre un presagio, un estímulo salvaje, una llamada a la vida y a la noche; pero “el aquí y el ahora” a veces es tan opresivo y tan inhumano, tan irreal, que ojalá pudiese no mirar al cielo esta noche. Ojalá me tapen los ojos para no verte y me aten las manos al asfalto de sombra porque, cada vez que apareces, me obligas a responder, a rendirte cuentas. A explicarte si soy feliz, si querré serlo en el futuro o si ya me he resignado a envejecer en un rincón, como todos los demás. Tu espada y tu pared, y tu visita inevitable es mi examen de conciencia; es mi ilusión por contarte que huelo a ropa nueva y a páginas arrancadas reescritas mil veces con tinta invisible; son mis nervios, mi impaciencia, mi afán de complacerte, de arrancarte una mueca enrojecida de madre orgullosa que me indique que estoy en el buen camino. Que algún día tendrá sentido todo el insomnio y tanta literatura, que no me equivoco cuando digo en voz alta que “no y mil veces no” a la dulce tentación de ser llevado por la corriente.

Pero tú, como yo, siempre quieres más. Me has hecho a medida.

Joder.

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Traidor

Al final, como siempre, me aburriré. Me cansaré de tus mismos brazos y de tus mismas pestañas, de los mismos lunares verdes en las mismas sábanas lisas y de desayunar sin prisa y con zumo de naranja mientras hablamos de un mundo que, entérate ya, nunca se irá a la mierda. Me cansaré, y “losiento”, claro, pero claro que no lo siento: me cansaré porque eso es exactamente lo que soy. Lo que siempre he sido. “De acuerdo” y poner la lavadora… ése será otro. Tal vez mejor -seguro-, pero no seré yo. Yo me hastío, me desencanto y, en cuanto te veo, sólo pienso en la mejor excusa para huir. ¿Sabes lo que haré? Te enviaré mensajes y acertijos para que los subtitules, quizá incluso te llame por teléfono de improviso sólo para saber de qué te gustan los helados. No niego que disfrutaré provocándote y desafiándote, haciendo que pierdas la cabeza. Me camuflaré con tus mejores sueños, me disfrazaré de tus ilusiones más honestas, y te acabaré engañando.

Esa vorágine de tierra húmeda y cansada; ese fuego que abrasa pero nunca calienta, jamás conforta. Esa ansia de tu piel, de tu saliva, y esa firme voluntad de exprimirte, utilizarte y dejarte. El desapego, la rabiosa pereza, eso es lo que soy.

Por eso quiero advertirte. Porque sé que alguna noche en futuro y condicional, creerás escrutar tras mis pupilas pureza y lealtad. Mis palabras serán compromiso y promesas. Y cuando tú y yo seamos nosotros, cuando te lleve el zumo a la cama y el mundo se vaya a la mierda, tatuaré a gritos en nuestra piel una súplica profunda: Quédate y enmiéndame, “parasiempre”, sáname.

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Todos tenemos derecho a tres o cuatro puntos suspensivos. No escribo diarios ni cuentos chinos y prefiero no utilizar los paréntesis, si puedo evitarlo. Para aclarar lo que digo -o lo que quiero decir-, prefiero los guiones. Guión y punto. O sea, -. Le he cogido mucho cariño a la tilde de la o y no se la quito, lo siento, aunque odie las tildes por ese odioso afán de reafirmarse. Lo que es evidente y asumible por todos no necesita una reivindicación constante, porque se puede volver bastante cargante, pedante, agobiante. Me remangué la camisa cuando faltaban quince minutos para entrar en los años 90 y sonreí de oreja a oreja al saber que no te vería esta noche. Tengo sol en la piel, huesos flacos, fuertes. Vale, el doblecheck es dios, pero me faltó valor y me sobró un paréntesis estúpido. Te prometo -no he cambiado nada, aquí sigo yo y mi manía de poner mi palabra de honor sobre cada bocanada de aire-, que mañana no me importará perder el segundo botón de mi camisa. Avísame cuando termines lo último de Chaouen, para saber que ya estás preparada. Porque esto es un incendio, ¿no? Hoy me apetece tener lo que nunca fue mío. Y bailar, siempre bailar.

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